Huelgas de hambre

CRONOLOGIA DE LA LUCHA CONTRA EL TOTALITARISMO  (Pedro Corzo) página 248.
Marzo 28, 1966.
En reclamo de mejores condiciones carcelarias, cuatro presos políticos recluidos en las celdas de castigo del reclusorio nacional de Isla de Pinos, iniciaron una huelga de hambre, que se extendió por 17 días. En esta participaron Nerín Sánchez Infante, Emilio Adolfo Rivero Caro, Odilio Alonso Fernández y Alfredo Izaguirre.
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CUBA, Memorias de un Prisionero Político, Ángel Pardo página 96

…Me entero de que Lauro Blanco, Huber Matos, Tony Lamas y Nerín Sánchez habían realizado una huelga reclamando la ropa amarilla y a la vez sus derechos.

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RIVERO CARO: (Libro, “El PRESIDIO POLITICO EN CUBA COMUNISTA”, TESTIMONIO, 1982, página 347 )

En los pabellones de castigo tuvimos dos huelgas de hambre en protesta contra las condiciones de vida. Una de 17 días, que empezamos el 28 de marzo, y otra de 20 días, una semana después de terminar la primera (*). En esas huelgas participamos Alfredo Izaguirre, Nerín Sánchez Infante(**), Odilio Alonso Fernández y yo. En ambas protestas pedimos lo mismo: no que nos sacaran del pabellón de castigo, sino que nos mejoraran las condiciones de vida, la alimentación, que nos permitieran tener regularmente sol y entrada de libros, una de nuestras preocupaciones más importantes. En la primera nos prometieron resolver la situación. Esperamos una semana. No dieron verdadera solución a nuestros problemas planteados, y volvimos a la huelga. A los 20 días de la segunda nos sacaron de allí, nos metieron en unos saloncitos frente al hospital, y nos amarraron a unas camas, y a la fuerza nos introdujeron alimentos por sondas, a los cuatro, y así estuvimos 18 días más hasta que, finalmente, el 28 nos trasladaron para la Habana(***).

(*)Es decir, el 20 de abril de 1966. La primera la terminamos el 13. (**)Sánchez Infante refiere esta huelga en su libro “Mis 6440 días de prisión en Cuba roja”, pagina 40, pero habla de 56 días, posiblemente la suma de los primeros 17 y los 38 o 39 de la segunda. En las páginas 40, 41 y 42 Sánchez Infante menciona tres huelgas de hambre, la relatada por Rivero Caro—en 1966— otra en el Príncipe, en la que pereció Luis Álvarez Ríos (el Pavo), el 9 de agosto de 1967, después de terminada la misma pero, obviamente, a consecuencias de ella, y una tercera en Villa Marista. Asimismo, describe algunas de las presiones psicológicas y físicas a que fueron sometidos.

(***)28 de mayo de 1966, la “Cordillera de los Dirigentes”. Inicio de la ultima gran ofensiva de la Dirección.

Muertos en huelgas de  hambre

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Huelga de hambre del Ex Comandante Huber Matos:

—COMÓ LLEGÓ LA NOCHE por Huber Matos, (páginas 446, 458, 460, 461, 462,463, 464, 465, 466, 467, 468, 470, 472, 474, 475, 476,477, 478,480, 482,486)

Tengo aquí buenos amigos. Entre ellos el padre Miguel Ángel Loredo, Cesar Páez, José Antonio Villarnovo, Alfredo Izaguirre, Emilio Rivero Caro, Alberto Muller, el doctor José Misrahi. También Nerín Sánchez, quien viene del Castillo de El Príncipe, en La Habana —una fortaleza construida en tiempos de la colonia y convertida luego en prisión—, un poco demacrado por una reciente huelga de hambre de dos semanas de duración.
…El partido Autentico, cuya cabeza nacional es Grau San Martín, está representado aquí por Lauro Blanco, hombre con una transcendente historia en la gesta contra tres dictaduras: la de machado, la de Batista y la de Castro. Es también un líder agrario y sindical y un luchador corajudo.
Están los oficiales del Ejercito Rebelde Juramentado, dirigidos por Nerín Sánchez. Nerín ha mantenido una posición muy firme en Isla de Pinos, negándose al trabajo forzado y a otras imposiciones del régimen castrista.
El psiquiatra Vladimir Ramírez se halla al frente de un minúsculo núcleo izquierdista, muy controversial.
Eloy Gutiérrez Menoyo es el titular del Frente Nacional del Escambray; este grupo es de la vertiente revolucionaria y tiene seguidores en la prisión.
Cesar Páez, combatiente de la Sierra del Escambray, representa aquí al Movimiento 30 de Noviembre y es un preso político con mucho prestigio.

…Estoy decidido a hacer una huelga de hambre en protesta por tanto abuso. ¿Cuál será el precio? ¡Qué más da!
No estoy dispuesto a que me sigan tratando peor que a un animal. ¿Desde cuándo? ¡Qué se yo…muchas semanas, meses, años!…
Aquí el tiempo nunca es instante, siempre eternidad. Eternidad del infierno.
La huelga es el único recurso contra el abuso. La muerte del prisionero político como consecuencia de una huelga de hambre es un acto de rebeldía. Las tiranías temen a la rebeldía porque se contagia y los tiranos necesitan el miedo para gobernar. Cuando alguien los enfrenta, aunque sea un preso, otros pueden imitarlo dentro o fuera de la prisión….
Les he propuesto a mis compañeros una huelga colectiva. Están de acuerdo en que hay que hacer algo. Todos seguimos en calzoncillos, pero no creen que una huelga de hambre podría eficaz. <>. Me siento algo decepcionado, pero los comprendo y dejo de insistir.
Cuando dan por un hecho que iniciaré la huelga, Nerín Sánchez me aconseja que la posponga hasta después del invierno. Me dice que enero y febrero son poco recomendables para iniciarla; las bajas temperaturas y un estomago vacío pueden frustrar el objetivo del ayuno, que es el de prolongarlo durante el mayor tiempo posible. Le doy la razón.
He decidido ir a la huelga aunque sea solo. No voy a aceptar más la vida en una mazmorra de castigo como si la injusta falta de libertad no fuera suficiente. Vivimos envueltos en un humo obstinado, que es presencia permanente en esta cueva inmunda, bañados por una humedad que baja desde los malditos muros medio iluminados por una luz artificial desganada, penumbrosa y que extiende la noche al infierno. Voy a la huelga de hambre sin limites y quizá sin retorno. ¿Qué importa? He combatido dictaduras y conozco el precio que se paga por desafiarlas. La guerra en la prisión es una guerra solitaria, más simple, más personal. Antes luché por mi país, ahora por mi dignidad. Aquí no hay tropas ni campos de batalla. Aquí estoy yo y aquí están ellos, los enemigos de siempre que solo cambian de rostro o de uniforme. Ellos quieren igualarme a los presos comunes y a los que aceptan la rehabilitación. Iré a la huelga; ayunaré hasta morir o hasta que los obligue a ceder.
Mi estado físico deja mucho que desear y arrastro años de amarguras y privaciones. No tengo la vitalidad del hombre joven que era cuando entré a la prisión. Veo en algunos compañeros los mismos estragos, y en muchos, los ojos marchitos. En otros, algunos raptos de demencia. Hay en todos agobio, indignación e impotencia. Presentamos un cuadro patético. No acepto seguir viviendo así. Voy a retar a la dictadura hasta mi muerte, si es necesario.
El primero de marzo de 1968, comienzo la huelga de hambre. Temprano en la mañana le entrego al carcelero una carta para las autoridades del penal, con esta decisión. En la galera, mi amigo Emilio Rivero Caro lee una copia. Los términos son definitivos. La situación en la que deliberadamente me han colocado es indigna de un preso de conciencia y el propósito de confundirme con los presos rehabilitados y los delincuentes comunes es el último atropello a mis derechos:

<<Prisión de La Cabaña, marzo, primero de 1969
<<Señor director de la Prisión
<<Señor director de Establecimientos Penitenciarios
<<Señores:
< < < < < <>

El día que comienzo la huelga escribo esta breve leyenda en la pared de mi camastro:
LA MUERTE ES VICTORIA CUANDO LOS RIGIDOS DESPOJOS SON AFIRMACION DEL IDEAL Y EL HONOR.
Es mi declaración de principios.
No ingiero alimentos, sólo bebo agua en contadas ocasiones, menos de un tercio de litro al día. Vuelve el carcelero y con él la comida para todos. Mis compañeros me dicen: <<Ahí te trajeron una comida buenísima>>. Mi único comentario es que ya no me interesa.
Me conmueven Lauro Blanco y Nerín Sánchez. Se acercan y me dicen:
—Huber, vamos a la huelga contigo.
Los observo y medito. Sus ojos cansados y el maltrato a que han sido sometidos sus cuerpos hacen aun más meritoria su decisión.
—Escuchen —les respondo—, debemos evitar una huelga solidaria conmigo y con mi planteamiento a la dictadura. Actuaremos individualmente. Creo que en mi caso, el final será la muerte. No será de extrañar que estemos en plena huelga y uno de ustedes sea separado y asesinado con el propósito de cargar sobre mis espaldas esa responsabilidad. Ustedes saben que ellos actúan así.
Nerín y Lauro están de acuerdo en hacer la huelga individualmente, pero están tan seguros como yo de que esperar una respuesta favorable de los comunistas es una ilusión cuyo precio conocemos. Me apena la situación de los demás. Creo que su papel de espectadores es un poco incómodo.
Los tres o cuatro primeros días del ayuno total son muy difíciles; el cuerpo lucha por recibir su alimento de costumbre. Exige, primero con ansiedad, la cantidad de calorías que necesita para sobrevivir, y como no la recibe, reacciona con dolores de cabeza y mareos, en particular cuando uno se incorpora. Después de estos primeros días el organismo comienza a vivir de sus reservas gracias a la ración de agua que le sirve para metabolizarlas. El mecanismo bilógico consiste en ir extrayendo del propio cuerpo los nutrientes necesarios para evitar la muerte.
Al principio el organismo se va debilitando y la muerte tiene mayor lucidez. Después desaparece el deseo de comer y la razón huye involuntariamente de la realidad; se confunde con las nieblas del sopor y participa con el cuerpo en esa fuga lenta y sostenida de la vida. Durante el día tomo tragos de agua, pero cuido de no sobrepasarme, pues podría vomitar y debilitarme más.
…Ni siquiera pregunta por Nerín y Lauro. El medico sabe que el es uno más en una diabólica farsa. Mi actitud, que le parecerá soberbia, confunde los esquemas mentales de la burocracia carcelaria. Me mira con fastidio y con paso rápido abandona esta cueva donde la mala iluminación proyecta sobre los muros las sombras de esos fantasmas que somos nosotros.
…Hay inquietud en la galera. Minutos después de la visita de Llopis, la Seguridad del Estado se lleva a varios presos hacia otra cárcel. Alguien me dice que el traslado es para Guanajay, a unos cincuenta kilómetros de La Cabaña. Ellos llevarán allí la noticia de que estoy en huelga de hambre y que Lauro y Nerín me acompañan.
…Llevo once días sin poder probar bocado y por momentos siento que mi cuerpo ya no está conmigo, que se ha volatilizado. Pero no, de pronto me vienen molestias viscerales agudas y persistentes;…
Traen a mis compañeros en huelga. Llegan caminando y se tiran sobre el piso sucio, están en calzoncillos como yo. El frio nos molesta. Nos observamos decaer, sin deseos de hablar y dedicados a eliminar los insectos que nos molestan en el piso y en la miserable colchoneta.
…Me cubren con una manta y me llevan como a un saco, con descuido. Están molestos y me tiran sobre una cama en el interior de una celda. Ya no son cuatro, son diez o doce; vienen a verme otros; me miran con odio. El mismo oficial de la amenaza de tirarme al mar, me dice:
—Aquí te vas a comer las paredes cuando te aumente el hambre. Todos se ríen.
…Dormido o despierto, el maligno juego continúa. La huelga de hambre avanza sobre mi organismo erosionándolo gradualmente. Sin embargo, siento la presencia magnífica del espíritu que enciende en mí la llama de la vida y mantiene el estado de rebelión al que el cuerpo hubiera renunciado ciegamente en su afán de sobrevivir. Es el espíritu contra las debilidades del organismo y el espíritu contra el atropello de la fuerza.
…Me acomodo para dormir y, de momento, comienza una pesadilla… siento mis piernas, por encima de los tobillos, presionadas por dos garras que incrementan, segundo a segundo, su desesperante intensidad. Mi cuerpo se retuerce y hago un enorme esfuerzo para no gritar, ni protestar ni insultar.
…Por dentro siento un calor abrasante. Mis mucosas gástricas parecen arder en un fuego que sube hasta la boca.
—Cuando cumpliste treinta días de huelga y creímos que te quedaba poco, te trajimos para acá –me dice uno de los tenientes-, para darme una idea del tiempo que he pasado sin bañarme.
¡Treinta días! Con razón la confusión entre si estaba vivo o no. Me fortalece saber que he podido aguantar la ausencia de todo alimento, más las presiones.
Dávila me sujeta por el brazo para salir del baño. Paso frente a un espejo grande y veo mi imagen en calzoncillos. Mi piel está rugosa, como cubierta de escamas; las piernas son dos palos secos, los brazos descarnados como los de un raquítico. Parezco uno de aquellos pobres judíos de los campos de concentración nazi. Esa triste y casi irreconocible figura soy yo. Un muerto de pie, un fantasma.
…Me amarran otra vez a la mesa que me sirve de camilla. Pregunto por Lauro y Nerín.
—Están muertos –me dicen.
—No les creo, a ustedes no les creo nada.
—Si, es cierto, uno de ellos murió cuando tratábamos de salvarlo y el otro, unos días después.
Creo que mienten porque Lauro es más fuerte que yo y Nerín tiene mi contextura física.
Viene Olivé a verme con un bulto de ropas en la mano. Me entrega el calzoncillo viejo, planchado. Me da un piyama y me ordena que me lo ponga, todo queda allí. Él no se inmuta y deja caer en el suelo algunas prendas mientras me pregunta:
—¿Las identificas?
Claro que las identifico, son las deshilachadas ropas de Nerín y Lauro. Me las enseña para darme a entender que están vivos. Esto me reconforta a la vez que intento comprender el porque de esta actitud bondadosa.
Es de mañana y, sin una palabra, Olivé y su ayudante me amarran a la cama. Veo que han traído un cachorro metálico como de cinco litros, que contiene un liquido raro, una jeringa metálica de tamaño grande y una manguera fina, de goma o plástico. Sin preámbulo me hacen penetrar la sonda por la nariz hasta el estomago…
Por los carceleros me doy cuenta de que estamos a mediado de abril. Hace un mes y medio que estoy en huelga de hambre. Me mantienen vico con caldo que me pasan por la sonda.
…Hago un leve movimiento afirmativo de cabeza. Pasa un buen rato y reaparece con Nerín y Lauro. No nos habíamos visto desde los primeros días de la huelga. Los dos están en muy mal estado, pero tenemos ánimo para sonreír. Me dicen que hoy es 2 de mayo de 1968…
Decidimos continuar la huelga de modo individual y pedir los tres, cada uno por su lado…Queremos recibir de nuevo los uniformes amarillos. Tiene que quedar bien claro que lo más importante es el respeto a nuestra condición de presos políticos. Que cesen de una vez por todas los maltratos y la incomunicación.
…Para mi, e imagino que para Nerín y Lauro, sigue la asquerosa alimentación con sonda.
…Me entero de que es 25 de junio. Llevo cuatro meses de huelga en esta condición miserable de existencia.
Llega Olivé. Lo miro fijamente y le digo:
—Óyeme, escucha bien lo que te voy a decir: si te queda algún rescoldo de hombría no me tortures más con ese caldo apestoso, déjame morir. Me están sometiendo a un trato inhumano. No me alimenten contra mi voluntad. Déjame morir.
…Sin contestarme, me carga otra vez y como si fuera una cosa me lleva por un pasillo hasta una puerta. Veo que estamos en una pequeña enfermería donde hay cinco camas. Acostados, de muy mal semblante, casi amarillos, Lauro Blanco y Nerín Sánchez levantan sus manos en saludo. El oficial me deposita sobre una de las camas vacías y se va.
Lauro y Nerín me miran como si vieran un espectro.
—¿Desde cuándo están aquí? –Les pregunto.
— Desde poco antes de tu llegada.
— ¿Qué hacemos en este lugar?
— No lo sabemos. Quizá usen esto como enfermería.

Estamos muy débiles, pero hablamos porque tenemos la oportunidad de sentirnos personas a través del dialogo. Necesitamos cambiar opiniones, hablar y escucharnos, esa forma insuperable de compartir, de sentirse que uno está vivo.
…Un guardia deja las páginas de un periódico fechado el 26 de julio en nuestra enfermería. Nerín las recoge y con asombro lee que el ministro del Interior, Ramiro Valdés, ha sido sustituido por Sergio del Valle, medico que prestó servicios en la Sierra con el Ejército Rebelde.
…Aparece en la enfermería el nuevo ministro del Interior, comandante Sergio del Valle, con un pequeño séquito. El hombre que presidió el juicio en que me condenaron, hace diez años, se detiene ante mi cama. Abarca con la mirada los tres presos, macilentos y enflaquecidos.
—Están mal, muy mal –dice del Valle a uno de sus colaboradores, pero todos lo escuchamos.
Me mira con fijeza y dice:
—¿Qué hay?
Sostengo la mirada. Respondo lenta y fríamente:
—Si, estamos muy mal. Pero es solo el aspecto físico.
Sabe muy bien lo que quiero decir. El ministro me conoce desde la Sierra Maestra y debe haberse enterado, antes de venir aquí, que mis compañeros son también recios a toda prueba. Nos mira en silencio, con la cabeza un poco baja, como si su conciencia participara también de la culpa. Es probable que se este diciendo: <>
Después que se va el ministro, el oficial regresa a nuestra galera y con semblante de complacencia, nos dice:
—El gobierno ha cambiado su política. Queremos buscarle soluciones a usted y a sus dos compañeros. Aquí tienen ya disponible la ropa que vestían y que reclamaron en su protesta.
Y deja colgados tres uniformes amarillos de los que usábamos antes, pero nuevos.
—No tienen que buscar mucho –le respondo–, ya saben cuáles son las soluciones.

Hoy es 12 de agosto. Por comentarios de los guardias sabemos que existe cierto revuelo en las prisiones; se habla de un descongelamiento en la política penitenciaria. Pasadas las doce de la noche, nos comunican: <>. Podemos recibir a nuestros familiares y seremos respetados como lo hemos planteado.
No habrá más incomunicación, ni maltrato, ni ofensas verbales ni de ningún tipo; es demasiado bueno para ser cierto. Pero es así: hemos ganado una importante batalla luego de ciento sesenta y cinco días de huelga de hambre, aunque la guerra continúa. Considero esto una tregua, ya veremos lo que viene después y actuaremos según las circunstancias.
En la madrugada del 13 nos traen jugos de frutas y leche. Nada más podemos ingerir por ahora. Intentamos comer galleta pero nos sangra la encía, está sensible y blanda. Imposible masticar, con pena dejamos la galleta a un lado.
Nos traen los formularios de telegrama, para informar a nuestras familiares que la situación se ha normalizado y que podrán visitarnos en pocos días.
—Bueno –digo a Nerín y a Lauro–, parece que hemos ganado la pelea, pero no confiemos. Así como nosotros nos mantenemos firmes y no cambiamos, ellos tampoco cambiarán nunca.

Nos sacan al sol; íntimamente lo agradezco, siento necesidad física de esta tibieza que me invade como una estela de vida. Nos pesan. No podemos dejar de reírnos: Lauro, que es el más robusto, pesa 121 libras; Sánchez, a pesar de su estatura de más de seis pies, 114 libras; y yo 105. Llevamos tres días alimentándonos y estamos contentos aunque seamos tres esqueletos,…, Olivé advertido de que nos van a trasladar del G-2 a la Cabaña en cualquier momento trata de ganar puntos conmigo. Todos los días nos saca al sol. Los tres tenemos que agarrarnos de las manos porque nuestras rodillas flaquean.

En la mañana del 28 de agosto de 1968 nos trasladan a la enfermería de la prisión de La Cabaña. Sabemos que el proceso de recuperación física se prolongará por lo menos dos o tres meses.
Los compañeros nos miran asombrados, nos saludan y no se cansan de hacernos preguntas. Unos creían que habíamos muerto en la huelga, otros suponían que la Seguridad del Estado nos había asesinado.
Nos comentan que muchos presos también iniciaron protestas y huelgas. Pedro Luis Boitel, un conocido líder estudiantil que se ha destacado por su firme posición como preso político, está en huelga de hambre hace unas semanas. Unos cuantos siguen en calzoncillos como forma de continuar la protesta por el maltrato.
Desde el 21 de octubre de 1959 hasta ahora, a finales de agosto de 1968, no había tenido contacto directo con la población penal, a excepción del tiempo en que estuvimos juntos el día en que nos trajeron de Isla de Pinos. En la galera 23 estábamos también aislados del resto de los presos.
Los compañeros en las galeras están dispuestos a declararse en huelga de hambre, principalmente por la pésima calidad de la comida y otras razones. Nosotros alcanzamos el propósito de nuestra huelga y logramos, <>, que nos devolvieran el uniforme de preso político y que se nos permitiera la visita de nuestros familiares. Quisiéramos sumarnos a esta protesta, aunque después de ciento sesenta y cinco días de ayuno y penurias, no creemos poder soportar otra prueba igual.
La huelga ha comenzado; Lauro, Nerín y yo deliberamos. Decidimos ser solidarios y acordamos acompañarlos cueste lo que cueste. Hace sólo veinte días terminó nuestra huelga de hambre.
La organización de esta huelga es muy buena. Se establecen sistemas de comunicación entre galeras mediante huecos abiertos en los solidos muros. En horas de la tarde durante los días que dura el ayuno, se transmite un resumen noticioso a través de estos huecos. Se envían mensajes de galera a galera y hay correos entre los distintos sectores de la prisión. Apenas mis compañeros y yo nos unimos al movimiento, nos llevan cargados como sacos a las galeras 16 y 17.
Dos semanas después, agentes del gobierno acceden al planteamiento de los presos y la huelga finaliza. Lamentablemente termina con una división entre los mismos reclusos: los que temían las represalias y no se sumaron a la huelga, los que se arrepintieron dentro de la huelga y los que llegaron al final. Los que no participaron comienzan a recibir un mejor trato y los trasladan a Guanajay. A los que se arrepintieron en la huelga y presentan un estado serio de debilidad los llevan a la enfermería.

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